El Dr. Osvaldo Peredo, cuenta con una dilatada experiencia profesional. Se graduó como médico en los sesenta, pero su incorporación a la guerrilla fundada por el Che Guevara en Bolivia le alejó del ejercicio activo de la profesión. Sin embargo, eventualmente la lucha exigía de sus conocimientos, particularmente aquellos que aprendió sobre la hipnoterapia. Así, su formación organicista científica en la Universidad Patrice Lumumba de Moscú, por un lado, y su formación ideológica, por otro, limitaban las explicaciones de los resultados que obtenía con esa técnica en eventuales pacientes que, en un retroceso en el tiempo, sorprendentemente se ubicaban en la etapa prenatal o incluso en vidas pasadas. Inicialmente pensó que eran ¡casualidades!, que él mismo inducía a sus pacientes a la autosugestión y que los resultados serían efímeros.

Pero, fueron diez, luego cien, después miles los pacientes que encontraban soluciones y el porcentaje de curaciones y mejoramientos era mucho más elevado que con cualquier otra terapia formal o aceptada por la ciencia convencional. Al principio, usaba la hipnosis como técnica de regresión pero luego evolucionaría hasta su técnica actual de deshipnosis y reprogramación.

Ya para entonces había abandonado la cirugía, que abrazó por ser una terapia rápida y radical, según sus propias concepciones de aquellas épocas. Había encontrado otra terapia más rápida, verazmente radical y no agresiva. Encontró, según sus propias palabras, ¡otra forma de medicina!

Después, con los años, entendió que esto era más que una terapia, más que la misma medicina. Era una forma de vida. Eran conocimientos aplicables a cualquier actividad de la vida. He aquí el emocionado relato de sus conclusiones. Mientras hacía curaciones en enfermos con dolencias crónicas –y los resultados eran muy elocuentes– trataba de encontrar explicaciones científicas a los fenómenos que, cada vez más, me sorprendían. Estaba claro que la memoria, que es el registro de hechos, era el centro de mi interés y de toda mi investigación, circunscrita al marco de la terapia que desarrollaba.

En realidad, más que investigación, eran mis elucubraciones las que situaban a la memoria como el eje de toda esta “fenomenología” omnipresente en mi vida cotidiana como terapeuta, como político, como un ser común.

Llegué a una conclusión: es la memoria la que nos enferma, la que nos produce desajustes, la que nos embrolla y es causa de… Y es CAUSA y punto. Podríamos definir “causa” como un punto de partida que genera algo. Ese algo es un EFECTO. Una enfermedad es un efecto de alguna causa desconocida, o supuestamente conocida. Digo “supuestamente” porque en nuestra medicina ortodoxa se supone conocer las causas de muchas enfermedades y luego resulta que no son las verdaderas causas, sino tan solo las manifestaciones y los mecanismos de esas enfermedades. Por ejemplo, la insuficiencia de insulina producida en el páncreas sería la causa de la diabetes. Esto tan solo es el mecanismo de la enfermedad pero no la causa.

Así podemos mencionar productos del organismo como la dopamina y otros neuroquímicos y endorfinas cuya escasez o abundancia “producirían” enfermedades mentales. Así, un comportamiento patológico, es el efecto de alguna causa desconocida, o también supuestamente conocida. Ahora bien, esa causa es un hecho registrado por la memoria en algún momento, en alguna parte. Resulta entonces, que la memoria que ha registrado un hecho-causa puede conducirnos a ese mismo hecho-causa y al volver a registrarlo en otro momento, con otras condiciones, en otro nivel, puede transformar el hecho-efecto, en este caso, la enfermedad o comportamiento patológico. Consecuentemente, lo que se está produciendo es una reprogramación, o una corrección del “guión” que dirige nuestra enfermedad o comportamientos, como diría E. Berne. En otras palabras, si la memoria nos enferma, la memoria debe curarnos.

Este proceso no es físico, ni químico, ni sináptico (neuronal), porque primero existió un determinado estímulo y luego se produjo el mecanismo; es decir, después se movieron las neuronas y sus sinapsis. En septiembre de 1995, en el Laboratorio Europeo para la Física de las Partículas (CERN) se crearon átomos de antimateria por primera vez en nuestra historia. El experimento de laboratorio, corrobora y permite entender mejor ciertas leyes universales.

En el caso de los registros que hacemos de nuestras experiencias en el tiempo (medida física), ahora se entiende más claramente cómo se elimina energía de una enfermedad (materia), cuando acercamos nuestro conocimiento analítico (antimateria) al origen de esa energía, de lo que resulta la destrucción de ésta. Se sabe que el choque de la materia con la antimateria produce la mutua eliminación y al mismo tiempo la liberación de una gran cantidad de energía.

Al liberar la energía de una enfermedad, estamos produciendo su aniquilación, que viene a ser de alguna manera una reprogramación. Esta simple postulación es aplicable a muchos planos de la actividad humana y no sólo a las enfermedades. Podríamos decir que los pueblos son más o menos enfermos de acuerdo al manejo de la memoria y hasta podríamos afirmar que las capacidades y habilidades del Ser son mayores o inferiores en dependencia de su memoria, que no es otra cosa que el mismo Ser: somos memoria.

Veamos un caso que ilustra esta aseveración, entre muchos otros de los que ninguno constituye una excepción a esta regla: la paciente Miriam acude al consultorio por infertilidad. Después de haber probado distintas terapias endocrinológicas, inseminaciones, cábalas y otras, no podía embarazarse en más de siete años de infructuosos intentos. Las dos veces que se embarazó perdió al bebé al poco tiempo de gestación. Además, cuando veía a una embarazada temblaba de miedo y se escondía en la puerta de calle más cercana, sensación que le era imposible dominar.

Cuando, en el marco de la terapia, la situamos en el vientre de su madre refiere, en medio de un copioso llanto: “mi madre llora, tiene fiebre, está muy flaquita, discute con mi padre, yo estoy temblando de miedo. Ella dice que no quiere tener más hijos, no sirve tener hijos, dice ¡quiero desaparecer de ahí! (más llanto y temblores). Tengo mucho miedo, parece que quieren deshacerse de mí (abortar). Así, se ha establecido un programa que indica que “no sirve tener hijos”, que “es mejor desaparecer”, que hay que tener fiebre en la gestación y “deshacerse” de lo que hay ahí. En fin, un programa muy sólido para una infertilidad futura. Y este programa se ha grabado en cada célula del organismo: en las neuronas, en las células del sistema endocrino, epitelio, etc.

Si esta grabación se produce en el momento en que aún no se han formado los sistemas y el ser físico tan solo es un cigoto o una mórula, o tan solo tiene las tres capas embrionarias, la memoria de ésa o esas células transmitirá detalladamente toda la grabación a las futuras células o sistemas. Entonces, ante circunstancias parecidas (embarazarse o ver una mujer embarazada) se pone en funcionamiento el programa registrado por la memoria; en este caso, por la memoria celular, que echará a andar todos los detalles que estuvieron presentes en la grabación.

Todo esto durante siete años en los que “conscientemente” deseaba e intentaba tener un bebé, pero en los que la memoria de sus células hacía caso omiso de sus intenciones “conscientes”. Este fenómeno no es desconocido en la ciencia formal.

Sigmund Freud, pese a las grandes limitaciones de su época que lo llevaron a conclusiones muchas veces erráticas, intuía el poder de esa memoria y le llamó “subconsciente” y se dio cuenta de que muchas enfermedades podían curarse si se “liberaba” esa parte que contenía las emociones ocultas (catarsis). Mas tarde, el suizo Carl Gustav Jung –discípulo de Freud– se acercó a un planteamiento más elaborado sobre la memoria, en este caso genérica, que denominó el “inconsciente colectivo” y en sus memorias no rechaza la idea de reencarnaciones. Posteriormente, nuevas teorías permitieron precisar de mejor manera el funcionamiento de la memoria; sobre todo, en el conocimiento de técnicas para reducir y/o desactivar lo que se llama el subconsciente.

Estos adelantos fueron corroborados paulatinamente con datos experimentales de laboratorio: en 1988, un grupo de científicos dirigidos por Jacques Benvenuste en Francia corrobora el hecho de que la memoria sobrevive a la destrucción de la molécula.

De estos experimentos podríamos concluir, con la misma vehemencia, que la memoria pervive a cualquier partícula física y sobrevive, como está demostrado experimentalmente, a la desaparición de ésta. La preparación de los remedios homeopáticos se explica sólo por la memoria molecular. Y si hablamos de los remedios florales de Bach, recomendados por la misma Organización Mundial de la Salud (OMS), estaríamos hablando de una memoria energética, posiblemente previa a la estructura molecular. La mecánica cuántica habla del quantum como una potencialidad capaz de convertirse en masa o energía y viceversa. ¿Cómo una intencionalidad? ¿Cómo un pensamiento o idea que genera partícula? Esto es lo que teme aceptar la ciencia ortodoxa.

A estas alturas podemos llegar a la conclusión de que la memoria es la entidad trascendental cuyos registros –potencialidades– son convertibles en masa o energía en un momento en que son activados esos registros. De aquí surgen las masas y energías patológicas o enfermedades, como es el caso de la mujer infértil de nuestro ejemplo; como es el caso de miles de pacientes tratados en nuestro consultorio; como sería el caso de todas las enfermedades psicosomáticas o somatopsíquicas y de aquellas denominadas mentales, incluidas el cáncer, diabetes, esquizofrenias, etc.